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lunes, 10 de agosto de 2009

Cronicas rurales III

Perro Negro

A pesar de los casi agresivos rayos de un nuevo sol, el camino todavía tiene recodos cubiertos de sombra, donde el frío se refugia y aun se regodea la posibilidad de lo inesperado. Se desdibuja y se entibia eliminando la noche, secando la humedad que sepultan las ruedas.
La velocidad es demencial y atemorizante, como un amanecer de Abril, y de pronto, de la sombra, de la noche que aun no ha muerto, casi como si huyera, un perro, irónicamente negro, corriendo frente al vehículo, y mientras siento que la fuerza centrifuga me lanza hacia delante por el intento inútil de detenerse que hace el conductor, lo veo, entre aterrado y temerario, rápido y ágil, pero no lo suficiente. Luego el automóvil se bambolea, malsanamente, y yo imagino sus huesos aplastándose y comprimiéndose, volviéndose astillas. Y miro hacia atrás, y la velocidad lo expulsa, como un bocado maldito, dando vueltas estertóreas en el pavimento, ahora caliente por el amarillo amanecer. Y ya no es totalmente negro, sino también rojo, y blanco agonizante, y aun no termina de caer inmóvil cuando una colina lo oculta, una curva del camino. Y como si no valiera tanto la pena, el conductor acelera. Lo que llevamos es más importante. Mis ojos, perplejos miran a la nada, e imaginan la escena repetidamente, cada vez más difusa. No acierto a pensar si es o no un mal augurio, solo me digo a mi mismo “No vamos a llegar”.
Media hora después, a mitad del camino nace un varón. La velocidad de la ambulancia fue inútil. El niño, sano, rebosante de vida, se mueve vigorosamente. Hay una sonrisa generalizada.
“Es de buena suerte” dice el conductor, “que nazca en la ambulancia, en medio de la carretera” continua “va a ser un buen día hoy”.Y ya es de día, el sol cae de lleno en la ambulancia, la sombra huye, la noche ha desaparecido, y en medio de mi perplejidad no logro asimilar aquella absurda parábola de la vida y de la muerte.

domingo, 2 de agosto de 2009

Crónicas rurales II

Encrucijada

Un perro aúlla cual lobo, cual coyote, cual ser de ultratumba. A lo lejos otro aullido le responde. Se escucha un auto, y pasa agrediendo el ruido ambiente, pero se marcha rápido, dejando en paz los sonidos habituales, el canto de varios pájaros distintos, el sonido de las patas de un grillo, las gotas cayendo, y… pasos?... un transeúnte, un muchacho, pasa por el camino, un poco temeroso, con andar reservado. Lo saludo, me mira con una mezcla de divertida timidez y al mismo tiempo profunda desconfianza. Se marcha, y de nuevo queda el silencio, pero tal silencio no existe, existe mucha vida, pasiva, sosegada, y todo llega al oído, los pájaros, las aves, los árboles, las plantas, las nubes, el cielo…
Miro de nuevo la encrucijada, esperando que pase el carro que me llevara a “El Rosal”, donde ejerceré mi “arte” de la medicina. Mientras tanto solo observo, en mutismo, a mí alrededor. No me había dado cuenta, pero el perro, el coyote, el ultratumba, ha callado, y su eco se ha apagado en la lejanía, y ya no hay replica en sus aullidos. Al fondo el cielo, gris, denso, bloqueando la vista, cerniéndose sobre este espectador, pero al mismo tiempo sosteniendo lo sosegado del ambiente, manteniendo la cohesión. Es un telón triste, pero al mismo tiempo agradablemente tranquilo, agradablemente acogedor, apoyado en el incesante y embriagador canto de las aves, y el cadencial golpeteo de las gotas sobre las verdes y marrones hojas, y el murmullo de la tierra rojiza, el lodo, al agua, y todo ello me invita a cerrar los ojos e inclinar mi cabeza hacia atrás, dejándome sumergir, fundir en el ambiente, y no sentir mas que la sutileza del contacto intenso de la naturaleza en mi piel y mis tímpanos.
Llega el auto de misión medica, con los ojos entrecerrados camino hacia el, despertando de mi fugaz y ansiosa ensoñación hacia la seca y apagada realidad. Camino, y al estar despierto me doy cuenta que siempre estoy dormido.

miércoles, 29 de julio de 2009

Crónicas rurales I

Lo siguiente, y lo que pondré en esta sección en adelante, es un poco lo que pasaba por mi cabeza, y como reaccionaba ésta frente a los hechos cotidianos en los que me vi envuelto durante mi pasantia como medico rural en un pueblo de Colombia hace mas de 2 años.
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

Serpiente

Para que los niños vivan la serpiente tiene que morir. O por lo menos así me lo hice entender. Al final ni siquiera era una serpiente, simplemente una culebra en el lugar equivocado (y qué tan equivocado lugar puede ser una escuela a veces), y recuerdo al hombre que la tenia aprisionada con la pala, no queriendo adjudicarse la responsabilidad, y con decenas de chicos curiosos (y descaradamente temerarios) detrás de él observando la furia del animal acorralado. “Habrá que matarla” dijo, dirigiéndome su mirada. “Soy medico rural, se espera que haga de todo”, me dije.

Y lo hice, con el filo de la pala varias veces contra su cuello, tratando de que fuera lo más rápido, y esperando no haber fracasado en ello cuando aun la veía moverse.
Al final, depositaron el animal inerte en un frasco con agua, y todos los niños hacían círculo alrededor mientras la transportaban. Yo les di la espalda y de nuevo miré al vacío, a mi mismo.