El sol rayaba en el escaso horizonte y descollaba en las rocas. Todos habían muerto de sed y de calor excepto Lupo, quien con sus ojos ardientes, ciego de la arena de las escarpadas paredes a lado y lado de su navío, y con su cabeza en alto escrutaba el horizonte.
De pronto la euforia invadió su agotado espíritu, las rocas a su alrededor habían desaparecido y en el horizonte se alzaba, resplandeciente por el sol, el faro de Pólipo, la mítica ciudad costera.
La emoción fue demasiado intensa, y al contrario que su tripulación, Lupo murió, no de sed, sino de un ataque cardiaco luego de haber logrado atravesar el infinito e imposible canal de parto.
Agosto 22 - 2001